lunes, febrero 16, 2026

Despecho y tragedia.

spot_img

Compartir


La consternación y el miedo se han convertido en un síntoma
persistente de nuestra sociedad enferma. Saberte a ti y a los tuyos en
la posibilidad de un ataque circunstancial o accidental provoca una
angustia que limita la forma de vida de cualquier persona, de cualquier
familia, de cualquier sociedad.
Eso es justo lo que estamos viviendo en este país, la degradación de la
vida pública y el arrebato de la paz social se nos ha impuesto poco a
poco como la única forma de coexistencia en un territorio tomado por la
violencia y el terror.
La ejecución de tres personas al salir de un antro bautizado como “sala
de despecho” la madrugada de este sábado, coloca a Puebla en la
larga lista de ciudades y estados donde la delincuencia se puede
mover libremente y activarse para arrebatar vidas, inocentes o no.
El hecho por sí mismo es gravísimo y echa por tierra cualquier
esfuerzo, cualquier estrategia, cualquier inversión institucional
destinada a devolver la seguridad y a cambiar una percepción
ciudadana atrapada en el miedo.
La masacre ocurrida en la zona comercial y de vida nocturna más
exclusiva de Puebla, deja claro que la percepción no es un mito ni una
manipulación colectiva creada desde los espacios de opinión pública;
Esa sensación de inseguridad está siendo alimentada día a día con
ataques lo mismo en el norte que en el sur, lo mismo en una ranchería
que en una gran ciudad.
Los mexicanos y los poblanos seguimos perdiendo espacios ante un
violento tsunami que inunda, que ahoga y que avasalla alentado por el
trato complaciente que concedió el obradorismo por casi un sexenio; la

perversa política de “abrazos, no balazos” sigue viva y empoderada, a
pesar de los evidentes esfuerzos del actual gobierno federal y estatal.
Y no, no es que las acciones, los operativos, la coordinación, la
inteligencia y la voluntad no existan, lo que pasa es que lo que se hace
no alcanza para contener y menos para eliminar lo que se fomentó
desde el poder.
La congoja colectiva que se respira en Puebla viene acompañada una
vez más de confusión y miedo, de indignación y desconcierto; en la
sociedad circulan audios de madres angustiadas contando las
experiencias de sus hijos durante esos momentos de terror.
La iniciativa privada intentó fijar una postura “enérgica” para que
Puebla no se descomponga como otros estados, sin embargo, nadie
mejor que ellos saben la gravedad del escenario poblano.
El sector universitario tuvo que recurrir por enésima ocasión a la
publicación en redes sociales de su rechazo sistemático a los ataques
de que son blanco sus alumnos o egresados, pero igual, los rectores
saben que la delincuencia está metida en sus aulas y en sus campus.
Las redes sociales también han hecho lo suyo y sin control alguno; los
amantes de réplicas y “likes” han publicado una enorme cantidad de
sandeces y versiones irresponsables que lejos de informar, lastiman y
revictimizan a los heridos a los muertos y a sus familias.
El entorno social en México y en Puebla apesta, la narrativa y la
realidad siguen en un proceso de degradación en el que todos opinan,
todos critican, todos condenan, pero casi nadie atiende ni resuelve lo
más elemental de sus entornos familiares.
Esto mismo le sucedió a la gente de Guerrero, de Michoacán, Quintana
Roo, Colima, Chiapas, Guanajuato, Veracruz, Estado de México,
Zacatecas, Morelos y prácticamente todo el país; sociedades que hoy

ya no protestan y ya no exigen porque lo que les toca hoy es refugiarse
y sobrevivir.
El pronóstico es negativo y doloroso para 130 millones de mexicanos
pero esta es la realidad de este México atrapado entre la violencia, la
simulación y la impunidad.
Cuanta razón tenía aquel que una mañana dijo entre risas: “¡Ánimo que
lo mejor es lo peor que se va a poner!…”.
Hoy en Puebla toca reflexionar y voltear a ver lo que la sociedad dejo
de hacer en otros estados, claro, para intentar no repetirlo.

spot_img

Leer más

Elecciones 2024