Morena enfrenta no solo las acusaciones más graves que en materia de delincuencia organizada le significan muchas de sus figuras políticas y autoridades incluso en funciones; el partido en el poder tiene ante sí el enorme reto de sacar adelante unas elecciones plagadas de desconfianza entre sus aliados y sus propios cuadros.
El caso de Rubén Rocha Moya y lo que se asoma como su inminente detención es para el partido en el poder un verdadero cisma que ha puesto de cabeza el escenario político entre los incondicionales a López Obrador.
Los que hasta hace unos días se peleaban a uñas y dientes las posiciones para ascender al poder, hoy se muestran escépticos y desconfiados de seguir asomando “la cabeza”. Ellos y ellas han decidido hacer una pausa para revisar sus pasos, sus alianzas y por supuesto, sus abusos.
Hoy en el partido de “regeneración nacional” son muchos los que se saben bajo sospecha e investigación de los Estados Unidos, pero son muchísimos más los que se sienten en la mira imaginaria de la autoridad norteamericana.
El “sospechosismo” se ha instalado en el movimiento de López Obrador; entre ellos mismos (as) se preguntan si en estos momentos es prudente seguir siendo protagonistas o lo mejor es guardar esos ímpetus de iluminados salvadores del pueblo “bueno y sabio”.
Saben perfectamente de sus excesos, conocen los alcances de sus complicidades y entienden por consecuencia los riesgos que se abren con el impresentable de Rubén Rocha y sus cercanos también señalados desde los Estados Unidos.
Con todo este incómodo escenario, la nueva dirigencia nacional del partido guinda deberá intentar dar cauce al complicadísimo arranque de la elección interna del movimiento en 17 estados donde buscarán quedarse en el poder por los próximos 6 años.
El calendario se observa incierto y peligroso para los morenistas; el próximo 22 de junio deberán iniciar las convocatorias y registro de los aspirantes a las coordinaciones estatales, esas mismas que en teoría se convertirán en candidaturas.
Al cierre del incómodo VIII congreso nacional extraordinario de Morena, su muy observado presidente Alfonso Durazo pidió a los congresistas el respaldo incondicional a la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo en estos momentos de alta tensión diplomática con los EEUU y claro, todos ofrecieron con aplausos y consignas su apoyo a la mandataria federal, por lo menos de dientes para afuera.
Ahora, cuando el gobernador de Sinaloa Rubén Rocha Moya y el alcalde de Culiacán Juan de Dios Gámez Mendívil son totalmente susceptibles de una detención al haber quedado sin inmunidad procesal, el escenario político en México se tornará denso y complejo.
Esa misma sombra de la sospecha que por años se posó en contra del sinaloense y sus cuates, también se cierne en torno de otras gobernadoras y gobernadores de la cuarta transformación que ahora mismo estarán pensando sus estrategias y posibilidades de salvación.
Gobernar en este entorno se hará más difícil aún para la presidenta quien deberá replantearse la decisión más compleja de su vida política: atender las exigencias y demandas de Washington o defender los intereses de Palenque.
Con todo ello, la presidenta Sheinbaum goza de una popularidad sin precedente entre los mexicanos y ello le da un importante margen de maniobra para optar por la mejor decisión no para un hombre o un movimiento, sino para México.
La mandataria mexicana estará este 5 de mayo en Puebla para encabezar la conmemoración de la histórica batalla de 1862 y sin duda alguna, el gobernador Alejandro Armenta le hará saber y sentir el respaldo de los poblanos en estos momentos de enorme dificultad política.
Y es que, sin importar el grado de afinidad hacia la 4T, hoy es tiempo de integración estratégica y no de división oportunista; Y aquí me permito insistir: la unidad circunstancial no debe darse por el movimiento obradorista sino por México.





