Es relativo

GUILLERMO PACHECO PULIDO
Comunicar va más allá de dar a conocer hechos, actos o circunstancias; implica interpretar pensamientos, palabras, ideas, fines ideológicos y culturales de mujeres y hombres forjadores de libros en los que plasmaron tiempos y actitudes, como legado a quien comunicó.
Comunicar a los seres humanos es una función vital para la existencia de un conglomerado social y para el desarrollo de sus organismos.
Desde luego, es una especialidad que requiere capacidad, cultura, sensibilidad, compromiso ético y saber explicar todos los fenómenos, y más cuando se trata de analizar el más universal de los libros hispánicos: Don Quijote de la Mancha, vinculándolo con el universo de la comunicación.
El Quijote en la comunicación es un espléndido libro escrito por 12 comunicólogos de diversos países, quienes se consideran una especie de caballeros andantes de las artes gráficas y endriagos de las emisiones televisivas que enjuician a Cervantes como señor y príncipe de los varios capítulos de la comunicología: el teatro, la poesía, la docencia, los códigos morales, la iconología y la comunicación de masas y la comunicación dentro de la comunicación.
Dice Eulalio Ferrer Rodríguez, uno de los autores de El Quijote en la comunicación, que “hay momentos en que las arenas de estas playas se transforman en Llanuras de la Mancha y veo cabalgando a Don Quijote y a Sancho Panza como si fueran personajes reales. Los oigo, los toco, están con nosotros. Cervantes los creó para ser inmortales, leerlos como minutero de la hora humana como descubrimiento de los ideales que justifican la locura del genio para convocar al gobierno de la razón”.
Don Quijote es un testimonio anticipado de cómo el lenguaje puede convertirse en matriz de la comunicación en medio de ella.
Alberto A. Roveda (argentino) editor escritor, poeta y comunicador, nos señala que la obra de Miguel de Cervantes es “un manual de docencia y código de moral”; pero es osadía perdonable adentrarse en sus entrañas recónditas palpitantes de mística belleza para escudriñar sus secretos maravillosos, el sentido filosófico de sus entrelineas y la grandeza crítica de su suspicaz intención.
Plausible resulta, pues, todo heroico intento de encarar esta empinada empresa tendiente a desentrañar los ocultos sentires del libro insuperado, rico de fuerza en el sustento filosófico, con plenitud de vivencia en su aspiración redentora, fruto óptimo de la fecundidad del estupendo manco, expresión triunfal de su labor de mágica orfebrería y epopeya bizarra que ensalza la hidalguía castellana y el proverbial sentimiento caballeresco del hazañoso pueblo español.
Sufre por el ideal y batalla alentado por la evocación de una mujer bien soñada más no conocida, por que sabe que un caballero sin amores es “árbol sin hojas y sin fruto, y cuerpo sin alma”. Y en alas del amor, de la gallardía y del ensueño, arremete su odisea, en ristre la lanza de su entereza, tirada al infinito su mirada plena de santidad.
No demoremos en afirmar que, en nuestro concepto, El Quijote es un catecismo para la andanza sin defecciones y un manual enciclopédico del saber humano. Un libro que educa y que instruye más que cien maestros juntos, porque es ciencia surgida de la vida y sabiduría plasmada con levadura de desengaño y de dolor.
Miguel de Unamuno, rector de la Universidad de Salamanca y uno de los escritores más controvertidos y polémico de España, señaló en el libro El Quijote en la comunicación la fuerza de la verdad.
La fuerza de la verdad de Don Quijote está en su alma, castellana y humana, y la verdad de su figura, en que refleje esta tal alma, “pero, ¿hemos de sacar de su alma su semblante o de su semblante su alma?”. Preguntará alguien, añadiendo que los rasgos de su fisonomía y caracteres físicos podremos, mediante su temperamento, vislumbrar algo más de la verdad de su alma. A lo cual contesta el mismo Don Quijote al describir las facciones de Amadis, Reinaldos y Roldán, que, “por las hazañas que hicieron y condiciones que tuvieron, se puede sacar en buena filosofía sus facciones, sus colores y estaturas”.
El Quijote penetra con galanura en todos los que comunican a los seres humanos, lo interpretan, lo hacen presente.
Así, las hazañas y descripciones que transportan a Don Quijote en uno de los vuelos imaginativos más cautivadores, no sólo interesan al lector, se apoderan del lector y éste se siente también transportado en ellas, entre la locura y la cordura, desde lo ético hasta lo épico. A la vez, comparte, se identifica y adueña de la sustancia idealizadora con que está formado Don Quijote en la fuerza contagiosa de su popularidad universal. Es el desdoblamiento de la dimensión imaginaria en la dimensión real, cuyo dualismo alterno funciona como clave decisiva por la que el público hace suyo al personaje y a su historia.
Un reconocimiento a quienes lograron elaborar El Quijote en la comunicación. Todos ellos mostraron su gran capacidad, su productiva experiencia, su ético compromiso intelectual, su responsable, contundente y profundo sentido de análisis en la comunicación:
José Luis Aranguren (España)
Miguel Capistrán (México)
Eulalio Ferrer Rodríguez (México)
Vicente Lascuráin (México)
Santiago Montes (México)
Octavio Novaro Flora (México)
Ludovik Osterc (Yugoslavia)
Emiliano Orozco Gutiérrez (México)
Alberto A. Roveda (Argentina)
Rafael Santiago (España)
Miguel de Unamuno (España)





