En el marco del Día Internacional de la Mujer, las calles de la Ciudad de México se transformaron en un memorial vivo. Más allá de las consignas y la marea morada, la protesta de este año destacó por una poderosa instalación visual: prendas de ropa colgadas y siluetas marcadas en el pavimento, representando a las miles de mujeres que ya no están debido a la violencia feminicida en el país.
La movilización, que partió desde diversos puntos hacia el Zócalo capitalino, puso especial énfasis en el concepto del “vacío”. Colectivos de familiares de víctimas y activistas utilizaron zapatos, vestidos y uniformes escolares para intervenir el espacio público, recordando que cada cifra en las estadísticas de feminicidio corresponde a una vida interrumpida y a una silla vacía en los hogares mexicanos.
Durante la jornada, el ambiente osciló entre la rabia y la esperanza. Mientras algunos grupos realizaban intervenciones en vallas y monumentos, otros grupos de madres buscadoras encabezaron los contingentes, portando mantas con los rostros de sus hijas. El mensaje fue claro: la vestimenta de estas ausencias sirve para visibilizar que la justicia sigue siendo una deuda pendiente por parte de las autoridades.
Finalmente, la plancha del Zócalo se convirtió en el epicentro de las exigencias. A pesar de los cierres y la fuerte presencia policial, las manifestantes lograron convertir la Plaza de la Constitución en un mural de denuncia, donde el color morado y el negro de las siluetas recordaron que, aunque el Estado intente ignorar las cifras, el vacío que dejan los feminicidios es imposible de ocultar.





