El origen de las tragedias humanas a causa de los embates naturales no es la naturaleza en sí, somos nosotros mismos y nuestras conductas negligentes las que seguirán arrojando catástrofes cada vez más dolorosas.
La primera gran tragedia que marcó a la sierra norte de Puebla y en particular a la región de Teziutlán y Huauchinango ocurrió a finales del siglo pasado, igual que ahora, poco más de 48 horas de lluvias continuas bastaron para provocar el siniestro que hoy nos ocupa.
Fue la noche del 4 y madrugada del 5 de octubre de 1999 cuando la depresión tropical 11 de la temporada golpeaba con incesantes lluvias a 81 municipios de Puebla, el saldo oficial fue de más de 260 víctimas mortales, cientos de lastimados y miles de damnificados.
En esa ocasión, la desgracia que se vivió en la colonia La Aurora de Teziutlán obligó la visita de las autoridades federales encabezadas en esa época por un Ernesto Zedillo quien junto al poblano Melquiades Morales recorrieron la zona azorados por el tamaño de la fatalidad.
Las explicaciones oficiales a la catástrofe que fue informada incluso a nivel internacional, se centraron en las “lluvias atípicas” reportadas en esa temporada, en la deforestación de la sierra y en la ausencia de planes eficaces de una protección civil incipiente para la época.26 años después la fatalidad vuelve a la misma región y lastima a los mismos municipios que hoy, registran más comunidades afectadas y muchos más habitantes desplazados e incomunicados.Y no, no es que el fenómeno meteorológico bautizado como “Raymond” haya sido más devastador que las lluvias de hace 26 años, ni que el actual sistema de protección civil haya sido ineficaz.
La fatalidad se repite en un país y en un estado como el nuestro por una marcada dispersión poblacional que crece de manera acelerada y descontrolada.
Aunado a ello, es evidente que las autoridades no tienen mecanismos reales para contener el crecimiento poblacional de una sociedad que demanda tierras regularizadas para asentarse de manera segura y ordenada.
En 1999 el municipio de Huauchinango registraba una población de apenas 80 mil habitantes, hoy el mismo territorio reporta más de 105 mil personas que se traducen en miles de familias que demandan espacios para construir un hogar.Por supuesto, el desarrollo urbano y el respeto a la normativa no es el fuerte de las autoridades en países como el nuestro y es por ello que sus habitantes se asientan en terrenos de alto riesgo, como barrancas, cauces de ríos, laderas inestables, cerros deforestados, etc.Así que no, no es que se registren “lluvias nunca antes vistas”, es que familias enteras han levantado colonias irregulares en zonas de muy alto riesgo.

No es que los ríos crecieron de manera “sobre natural” y los cerros se “desgajaron” como pocas veces, es que miles de personas de escasos recursos se han visto obligadas a asentarse y vivir junto al peligro.No es que los actuales planes de protección civil no sirvan o no se implementen con efectividad, es que no existen protocolos de prevención que puedan atender a cientos de miles de personas expuestas a un desastre.No es que las autoridades “no avisaron con tiempo” y no sepan de los riesgos, es que no tienen la capacidad ni los recursos para proteger a sus propios habitantes de los fenómenos naturales de cada región.
El origen de las tragedias humanas a causa de los embates naturales no es la naturaleza en sí, somos nosotros mismos y nuestras conductas negligentes las que seguirán arrojando catástrofes cada vez más dolorosas. Hoy queda hacer un despliegue de atención y apoyo institucional como se ha realizado prácticamente desde los primeros embates de “Raymond” hace apenas unas horas. Hoy queda acudir a escuchar y ayudar a los miles de damnificados como ya lo ha hecho el ejecutivo Alejandro Armenta y la propia presidenta Claudia Sheinbaum.

Hoy queda llamar a la solidaridad y generosidad de los poblanos a través de centros de acopio que ya están siendo abastecidos con el apoyo incondicional de siempre.Hoy queda reconstruir con recursos públicos todos los espacios destruidos, las casas perdidas, los caminos obstruidos y la infraestructura colapsada.
La tragedia de 1999 en la sierra norte de Puebla se ha repetido de forma lamentable en este 2026 y es un hecho que por las razones ya expuestas, volveremos a vivirla y padecerla en un futuro cercano o lejano.
Hoy nuestra sierra norte y nororiental no confirman que no, no es un asunto de la naturaleza que se ensaña con los que menos tienen, es más bien un viejo tema que tiene su origen en la indiferencia histórica, en la negligencia permanente y en la economía cada vez más condicionada por el eterno mal de México: la corrupción.





