Por Iván Mercado
A lo largo de la historia, donde la comunicación del hombre ha sido determinante para su desarrollo, la mentira ha sido un recurso indispensable y pernicioso, ha sido esa constante imperfecta en la evolución de los seres pensantes.
La mentira, es un error inevitable de los seres humanos que en el ejercicio de la comunicación, presumen el uso de la conciencia. Diferentes teorías en el mundo de la psicología interpretan a la mentira como una “falla” inherente de la condición humana. Y sí, en algún momento, todos hemos mentido.
Sin embargo, esa grave falta ha evolucionado, la mentira aunque inaceptable, se consolida como un recurso cada vez más utilizado por personas o autoridades que buscan protegerse de una circunstancia desagradable que no se quiere o no se puede aceptar de manera pública.
Es la salida más fácil pero también el recurso más bajo para encubrir abusos y evadir esa realidad que rompe con una retórica, una hipótesis o una promesa.
Mentir es una acción deliberada que implica la decisión consciente de ocultar la verdad, manipular la realidad o engañar incluso a masas enteras para mantener privilegios o posiciones ventajosas e ilegítimas sobre los demás.
La mentiras sistemáticas implican un acto de comunicación perversa donde el o los emisores saben con claridad que lo que se intenta sostener agrede a la verdad y lastima al principio básico de la confianza personal o comunitaria.
Y ahí comienza el largo camino de las consecuencias para quienes hacen de esta práctica una forma de coexistencia, una estrategia de comunicación o un estilo de gobierno.
Los seres humanos buscan por naturaleza entornos seguros donde los riesgos no pongan en peligro su desarrollo o supervivencia, por eso la certidumbre es el estado emocional básico para seguir adelante en la vida, en un proyecto, en un movimiento político o en una administración pública.
Por ello es así de catastrófico cuando el acuerdo social de la confianza se defrauda; el emisor, sus intenciones y sus manipulaciones quedan expuestas al igual que sus abusos e intereses.
Mentir conduce tarde o temprano, a la pérdida de la confianza, a la ausencia de respeto, al rechazo inminente, al deterioro de las relaciones interpersonales.
Para la o las personas engañadas, la mentira desencadena dolor, decepción, enojo, ira y en el extremo incertidumbre, el peor estado emocional del individuo.
Para el mentiroso (a), la falsedad y la sospecha de su honorabilidad altera su estatus, induce ansiedad, desata errores, motiva culpas y provoca una enorme cantidad de miedos por el irremediable rechazo que despierta.
La mentira sistemática es peligrosa, pero más delicado aún es no tener control del dolo, la intención, la manipulación y la perversión de su práctica cotidiana. Hacer uso de frases como : “no somos iguales”, “con el pueblo todo, sin el pueblo nada” o “no somos lo mismo” eleva la carga del potencial desprecio.
Pero, ¿y si la mentira y el descaro de tratar de imponerla como verdad no fuera lo más grave?, ¿y los engañados aceptaran ese trato a cambio de “derechos histórico” o dádivas disfrazadas de “justicia social”?
La honorabilidad y la dignidad son valores profundamente importantes que se pueden ignorar o someter ante una conveniencia circunstancial y por ello, es imperante observar de manera permanente esos riesgos a fin de no perder lo fundamental de cualquier individuo.
Hace 30 años escuché por primera vez en voz del periodista José Gutiérrez Vivó la frase: “No nos acostumbremos a la violencia y a la brutalidad delincuencial, porque después no habrá forma de contenerla en este país…”.
Hoy, pareciera más que oportuno advertir: No nos acostumbremos a la mentira aceptada a cambio de apoyos o ayudas institucionales, porque más adelante no habrá manera de exigir la verdad y la libertad que hoy parecen muy poco relevantes.





