viernes, julio 3, 2026
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Gane quien Gane

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En estas elecciones sin precedente en nuestra historia moderna y contemporánea a los mexicanos nos han acorralado entre dos opciones: “seguir con la transformación o volver a la corrupción” o bien “defender la democracia y vivir sin miedo o dar paso a la dictadura”.

Esas son las dos alternativas, así de tajantes, así de diferentes. Lo que no nos han dicho las candidatas y todos los partidos que las respaldan, es que en las actuales condiciones de nuestro país, gane quien gane, el escenario para las y los mexicanos será profundamente difícil y doloroso porque muy poco de lo que están ofertando podrá ser alcanzado desde un gobierno tan comprometido como el que habrá de iniciar el próximo uno de Octubre.

El partido en el poder va por su plan “c”, es decir, buscan ganar la mayoría calificada en el Congreso de la Unión para tener plena libertad de modificar la Constitución a su libre albedrío (con todo lo que ello pueda significar). La oposición (dice) buscar la muy compleja victoria de su candidata a la presidencia y (dicen) también que buscarán evitar perder el contrapeso en ambas cámaras.

Lo cierto es que sin importar cual sea la configuración de la cámara de diputados y del senado, los representantes que ganen arrancarán su primer periodo de sesiones un mes antes que la próxima presienta y todo indica que lo harán en un ambiente de alta polarización y justo en ese contexto tendrán que comenzar a trabajar el próximo paquete de ingresos y egresos del nuevo gobierno y es ahí, donde la euforia del triunfo se transformará en la bien conocida cruda que atiza la indeseable realidad. Eso sucederá, gane quien gane.

La nueva presidenta se enfrentará a una profunda crisis económica, política y social que recibirá como inevitable herencia de este proceso de transformación.

Un cambio de régimen como el ofrecido por el actual presidente es imposible cumplirlo en un gobierno de 5 años y 9 meses; cambiar todo para volver a comenzar con una ideología nueva necesita de más tiempo, eso lo saben muy bien en la 4T.

Dicho de otra manera, un cambio tan profundo sin importar si es correcto o no, ha sometido el país a un desgaste sin precedente; son cada vez más los analistas que afirman que México cerrará este complejo 2024 con déficit del PIB de 6 puntos, ello sumado al literal desmantelamiento de instituciones y con ellas, también del capital humano estratégico para hacerlas funcionar.

En pocas palabras, no habrá los recursos suficientes para continuar dilapidándolos en obras infructuosas hasta ahora, ni talento humano para dejar de improvisar y comenzar a ordenar las bases del país; México no podrá seguir transitando si se mantiene la premisa de: 10 por ciento de capacidad y 90 por ciento de lealtad.

Eso lo saben las dos candidatas y de manera inevitable, así será gane quien gane. 

Pero hay mucho más en el horizonte poco prometedor de la nueva presidenta, sea quien sea. Ya el presidente anuncio que dejará por escrito los pendientes al nuevo gobierno, es decir, el mandatario sabe que dejará temas y obras inconclusas a las que la siguiente administración tendrá que hacer frente sin remedio, y eso pasará gane quien gane.

Está el caso de la refinería de Dos Bocas, la cual ha sido inaugurada pero no refina nada y para hacerlo tendrá que recibir más recursos. También está el muy cuestionado Tren Maya el cual en medio de escándalos de corrupción de igual forma tendrá que recibir recursos para su conclusión y correcto funcionamiento. Del aeropuerto Felipe Ángeles ya ni hablar.

Otra lápida que tendrá que cargar el nuevo gobierno federal es PEMEX, una empresa que no solo no aumentó su producción, sino que incluso aumentaron sus pasivos en medio de un momento en que la energía fósil ya no es una opción ni para el presente y mucho menos para el futuro.

El escenario empeora si revisamos el doloroso aspecto social de un país hundido en la violencia; los homicidios dolosos siguen incontenibles, las desapariciones se cuentan ya de manera simbólica, los feminicidios y ataques de odio escalan cada vez más, la polarización social registra niveles nunca antes vistos en México, la extorsión es ya una forma de vida que buscan cada vez más mexicanos que buscan el grueso cobertor de la impunidad, Cuautla Morelos es el mejor ejemplo según denuncias hechas por la iglesia católica la semana pasada y eso también lo tendrá que sobre llevar y en el mejor de los casos disminuir, gane quien gane.

También, está la crisis de salud que también golpea a una gran mayoría de mexicanos; la futura presidenta tendrá que entrar a decidir si continúa con el fallido plan de atención médica o si aumenta el presupuesto, de entrada, para comprar y surtir medicamentos que hoy no tiene la población. Y eso también eso lo tendrá que hacer gane quien gane.

La futura mandataria apenas estará terminando de conocer a fondo todos los “pendientes” y solo 5 semanas después también estará enterándose quien será el nuevo presidente y socio en los Estados Unidos, ello no es menor porque en el 2026 viene la obligada revisión del Tratado Comercial de México, Estados Unidos y Canadá.

Y por si no fuera suficiente, estarán los 118 días que la presidenta electa tendrá que convivir con el presidente saliente. Aquí sí, los dos caminos son muy claros: Control sin cabida a cuestionamientos o el abierto enfrentamiento y desgaste para el país.

Todo esto y más, son aduanas inevitables que se dan por sentadas pero que no se han hablado de manera abierta a los mexicanos porque o no conviene, o porque piensan que seguimos siendo un pueblo de ignorantes sometidos al destino de las victimas resignadas.

En la ecuación también están los estados y Puebla con sus dos opciones merece un análisis aparte porque dependiendo de quien gane en la federación y en el estado, la entidad puede encontrar desarrollo y crecimiento o continuar en el estancamiento.

Sea como sea, todos estos escenarios penosamente vigentes para nuestro México tendrán que ser sorteados a partir del uno de octubre, insisto,  gane quien gane.

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