Gobernar no es cosa fácil y menos lo debe ser si solo hace falta una llamada telefónica para obligarte a romper con tu narrativa de austeridad, con tu imagen de moderación y con una muy condicionada congruencia.
La visita relámpago que la presidenta mexicana realizó este domingo al estadio Metlife de Nueva Jersey para presenciar la final de futbol entre las selecciones de España y Argentina no hubiera tenido nada extraordinario en una agenda internacional enmarcada en la normalidad de dos vecinos estratégicos, sin embargo, la relación entre el mandatario de los Estados Unidos y México es todo, excepto cordial y respetuosa.
Un día sí y otro también, el presidente Donald Trump ha ofendido, amenazado, acosado, agraviado, mofado y sometido a un acorralado gobierno federal y a su muy cuestionado movimiento de Cuarta Transformación.
Pero eso, que ya es mucho, penosamente no es todo; el jefe de la Casa Blanca se ha burlado públicamente de la presidenta mexicana imitando una supuesta actitud de la mandataria en escenarios de primerísimo nivel como la reunión del G7 en Francia.
Con todo ello, parece un verdadero contrasentido acudir a una invitación de última hora para participar de una ceremonia de clausura en un torneo del cual, por cierto, tú país también fue espectacular anfitrión sin representación oficial.
Sin embargo, negarse a esa convocatoria disfrazada de invitación nunca fue una alternativa para la mandataria mexicana que ha buscado evitar a toda costa los escenarios suntuosos y elitistas, justo como los que se promovieron en este singular torneo de futbol.
La realidad es que fue suficiente una convocatoria de última hora desde la Casa Blanca para romper con esa imagen de política de izquierda frugal.
No importa cuántas veces la mandataria mexicana rechazó asistir a la ceremonia inaugural de esta misma copa del mundo, no importa cuántas veces aseguró que ella y su movimiento político debían privilegiar la austeridad y la verdadera cercanía con el pueblo, no importa cuántas veces han condenado la frivolidad de los reflectores y de los excesos, de esos que se pagan en dólares.
La invitación fue bien calculada y mejor ejecutada, tanto que obligó a la presidenta a realizar un viaje profundamente incómodo, tanto como lo fue su presencia en el palco del republicano, sentada no al lado de Trump, sino de la primera dama Melania Trump.
Es incuestionable que el dueño de la agenda binacional en este momento es el mandatario de los Estados Unidos, y no cabe duda que después de esta “cortesía” mundialista, vendrán nuevos y más agresivos embates en contra del gobierno mexicano y del movimiento obradorista.





